Sr. Director
Sé que esta carta irá directamente al cubo de la basura, porque es una carta contra usted, asesino de mi madre y encelado persecutor de mi padre, hombres buenos que jamás le hicieron daño a nadie, que me infundieron –¡pobres!– una idea de la vida como diálogo y servicio a la comunidad, y que a su manera fueron felices hasta que usted, con su habitual desprecio por las personas a las que no consigue instrumentalizar, les jodió la vida.
No le perdono la muerte de mi madre, y el relato de sus vida tiene sólo un objetivo: el de poner ante sus ojos un espejo para que el día en que baje un poco la guardia le devuelva aumentado el reflejo indigno de su rostro de estraperlista de carne humana. Desde luego no espero su piedad, su naturaleza es incompatible con esa virtud. Si usted fuera humano, esperaría vivir lo suficiente para sorprender un día una mueca de dolor en su puta geta de cartón piedra. Algunos que le conocen bien, cuando se menciona su adición a ciertos polvos blancos, dicen que se trata de bicarbonato y se refieren a crónicos dolores de estómago. No me extrañaría que esta vez tuvieran razón, cada vez que usted escribe regurgita mierda, mierda de cobarde, mierda que mata, mierda asesina. La mitad del país se ha acostumbrado ya a ese olor inmundo y, como cerdos, se revuelcan en sus páginas cada mañana. Pero yo, que quizás me convierta pronto en una de sus víctimas, moriré de pie.
Empezaré por la vida de mi madre, una mujer hermosa y buena, que a la que usted sigue matando día tras día, desde hace años, cada vez que su fétido aliento, tan temido por ese rebaño de jueces y fiscales a los que usted mantiene arrodillados, vuelve sobre aquel asunto del helicóptero siniestrado.
Hinojosa de San Vicente
PRIMERA DAMA
Hace 14 años
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