miércoles, 11 de noviembre de 2009

El personaje

Escena de Ciudadano Kane....



-¿Cultura? Pepe Juan es, en dos palabras, –me decía mi amigo Emilio, que lo había conocido bien en sus años de internado eclesiástico– un im-becil.
–Por favor, Emilio, no puedes dejarte llevar así de tu carácter primario e impetuoso. Reconoce que sus sermones dominicales respiran lectura e información. La información puede pasársela cualquiera, cinco minutos antes de su habitual homilía, pero la cultura es otra cosa: exige codos, horas de lectura, asimilación de lo leído hasta convertirlos en materia inseparable de tu visión del mundo y de tu valoración de la realidad. Y poca gente tiene una cosmovisión más asentada, coherente y documentada. Pepe Juan está a la altura de cualquiera de los Padres de la Iglesia, en ciencia y en doctrina (eso nadie puede ponerlo en duda), pero también lo está en cultura.

Emilio había sido compañero de estudios de Pepe Juan. Sus padres eran amigos íntimos desde la niñez y por eso habían compartido aventuras, confidencias, juegos y sueños. Yo hace apenas unos pocos años que lo conozco. Por eso, hasta cierto punto, en la tarea de documentación de esta biografía, Emilio se ha convertido en mi principal fuente de información sobre Pepe Juan. Aunque he de ser prudente con los datos que me llegan a través de Emilio.
Emilio me lo presentó un día no hace mucho, en un Cine Club de nuestra pequeña capital de provincia. Pepe Juan apenas si acababa de dejar la adolescencia y, sin embargo, dejaba boquiabiertos a quienes le escuchaban por el desparpajo con el que subía a la tarima del escenario para, sin ningún pudor, sin asomo alguno de vergüenza, impartir sus tesis, siempre sabias, siempre bien argumentadas, siempre convincentes, sobre la película que acababa de proyectarse.
No era un hombre guapo, lo que suele entenderse por guapo en un hombre, sin embargo tenía una rara habilidad para mimetizar los gestos los protagonistas de la filmoteca, y unos días, al hablar, adoptaba las poses de Humphrey Bogart en Casablanca, otros las de John Wayne en Un hombre tranquilo, y otros, la mayoría, los de Orson Wells en Ciudadano Kane. Sobre todo me impresionaba cuando asumía el papel de Kane. Con apenas 18 años Pepe Juan era ya un ciudadano Kane español, con un verbo más florido que Kane, mucho más ágil que el gordo Kane, y yo creo que también mucho más inteligente y culto. No tenía, desde luego, la fortuna de Kane, pero "todo –profetizaba Emilio–llegará". En cada una de las pausas de Kane (perfectamente estudiadas y bien distribuidas a lo largo de su disertación) se oían suspiros de muchachas, que ponían en la boca de Pepe Juan una indescifrable sonrisa de Giocondo. Al ritmo de los los suspiros femeninos crecía la admiración y envidia masculina.
Yo nunca compartí esa envidia. Claro que a mí me hubiera gustado ser Pepe Juan. Pero sabía que no lo era y lo aceptaba. En mí la admiración y el respeto siempre estuvieron por encima de cualquier asomo de envidia. En parte yo también tenía, como Pepe Juan, un don muy especial: sabía reconocer a un gran hombre con ssolo verlo. Recuerdo aquel día en que, precisamente después de pasar Ciudadano Kane, Pepe Juan subió al pequeño escenario del Cine Club, pidió con autoridad y desparpajo que abrieran los grandes cortinones de terciopelo rojo, que enfocaran las luces hacia un extremo del escenario y, en una breve carrera se situó junto al piano, bajo el gran foco de luz y acodándose en el piano, con el pie izquierdo abrazando el tobillo del derecho (unos impolutos calcetines blancos en ambos pies), nos cautivó repitiendo sin equivocaciones ese monólogo que Orson Wells pronuncia

*****

Incluso a mí se me escaparon alguno suspiros nada equívocos. Entonces yo supe que las palabras de este monólogo no se escribieron para Wells, aunque este se apropiara de ellas en ciudadano Kane. Esas palabras en verdad fueron escritas para Pepe Juan. Entonces supe, y lo supe sin sombra alguna de duda, que Pepe Juan era un ser superior. Y entonces, en fin, yo, que no me tengo por persona impulsiva, decidí –de golpe, pero sin posibilidad de reconsideración– que haría lo posible por encaminar mi vida tras la luminosa estela que la sombra de aquel hombre proyectaba. Estar cerca de Pepe Juan, lo supe con certeza en aquel momento, me garantizaba asistir a la historia en primera fila, porque Pepe Juan –lo vi con una claridad meridiana- era una persona llamada a ser quicio de la historia.

Pero Emilio siempre mantuvo hacia Pepe Juan una cautelosa distancia. Pepe Juan era para Emilio una especie de molesta herencia familiar. Nacidos el mismo mes del mismo año, con apenas unos pocos días de diferencia, crecieron como dos ramas gemelas de un mismo tronco. Y, sin embargo, Emilio padecía una extraña miopía respecto a Pepe Juan. Cuando yo se lo reprochaba, Emilio siempre me contestaba lo mismo:

-Vale, quizás yo sea miope, pero tú, por lo que a Pepe Juan se refiere, padeces de presbicia. Deberían darte trabajo en la ONCE porque estás ciego. Perico, por favor, abre los ojos... O no los abras, si no puedes o no te da la gana, pero déjame en paz con esta salmodia pepejuaniana.
- A tí lo que te pasa es que te corroe la envidia. A pesar de que siempre has tenido tan cerca a Pepe Juan no eres capaz de ver los muchos escalones que está por encima de nosotros, chicos provincianos con un dudoso porvenir en oscuras tareas administrativas. Lo tuyo es envidia, Emilio, la maldita envidia de este país nuestro fundado por los hijos de la estirpe de Caín. Esa envidia que no sólo siente animadversión hacia el genio, sino que además, y sobre todo, constituye para el que la vive un lastre que le apega al suelo y no le deja crecer.
- Por favor, abre los ojos, Perico, además de un ambicioso patológico y peligroso, Pepe Juan es un analfabeto funcional. No sabe nada; no ha leído nada;es más, la cultura, el conocimiento, no le interesan. No ha leído un libro en su vida, yo lo he visto preparar sus exámenes a partir de los índices de volúmenes que, tras pasar por sus manos, volvían intonsos a los anaqueles. Y además le gusta jactarse de ello, de haber llegado donde los demás, con mejores calificaciones incluso, sin haber estudiado otra cosa que las solapas de algunos de los libros recomendados por los profesores.
-Lo dicho, Emilio, si no es la envidia la que te ciega, yo no sé lo que es. Pero ¡estás muy equivocado! Es posible que Pepe Juan diga esas boutades de sí mismo, pero lo hace para epatar, exagerando la habilidad que tiene para todo lo relativo al estudio, a partir de una memoria feliz y de una inteligencia soberbia.
- Niego la mayor y casi estoy por decir que en tu devoción a pepe Juan me das pena. Tienes un excelente corazón e intelectualmente no eres inferior, por eso te aprecio, Perico. Pero este mismo aprecio me obliga a decirte la verdad: ¡la admiración te ha dejado completamente ciego! ¡Te has convertido en un creyente! ¡Es la fe lo que contamina todos tus juicios sobre Pepe Juan!
- Y tú –le pregunté–. Si para tí Pepe Juan es un ser tan despreciable, ¿por qué sigues cultivando su amistad? ¿por qué sigues aceptando una relación heredada de vuestros padre?
- Desde luego, Perico, no entiendes nada. Yo tengo verdadero aprecio hacia Pepe Juan, hacia las muchas y buenas cualidades de Pepe Juan. Es listo, muy listo y yo, como tú, admiro su inteligencia. Bueno –se corrige–, como tú no. Porque en mí Pepe Juan tiene un compañero de viaje, quizá un confidente e incluso un amigo, no tiene, no tendrá nunca, como tiene en ti, un admirador incondicional y un fanático devoto.
Aunque sé que Emilio me profesa verdadero afecto, la conversación casi llegaba a irritarme, y quise terminarla
- ¿Me estás llamando fanático, Emilio, por decir de nuestro común amigo Pepe Juan lo mismo que tú dices?
- No me escuchas, Perico, nunca lo haces cuando tu divo Pepe Juan es el tema de conversación (lo que se está convirtiendo en algo habitual y obsesivo). Pepe Juan tiene sus cualidades, como tú y como yo. Y nada más.
Emilió con un gesto de fastidio se levantó y se acercó a la barra del bar a pagar la consumición. Tomó en sus manos el diario El Mundo y, a la vez que lo ojeaba, regresó a la mesa, y con evidente cansancio añadió:
-Pepe Juan no es ningún genio. Si hablamos de cultura, y de ahí ha partido nuestra conversación de hoy, no puedo menos que contradecir tu creencia. Pepe Juan, hazme caso, es bastante limitadico en sus conocimientos. Pero como es listo puede facilmente dar el pego. No es un hombre culto, porque para serlo hay que tener culo y Pepe Juan es un culo de mal asiento. Nunca ha tenido tiempo para leer, nunca ha tenido sensibilidad para disfrutar de la música, de la pintura; nunca ha visto en la cultura una fuente de poder o de negocio. En conclusión nada que tenga que ver con la cultura, excepto cuestiones colaterales, le ha importado un bledo. Sí que te he de reconocer, en cambio, que es un hombre informado. Siempre le ha interesado la información, y siempre le ha interesado con un mismo y único fin: instrumentalizarla para poner a quienes le rodean a su servicio.
- Llámalo cultura o información. Quizás, sin pretenderlo, estás justificando mi admiración por Pepe Juan. La información –añadí– es la cultura del presente, en tanto que lo que tú llamas cultura no es otra cosa que una pátina elitista y pequeñoburguesa. Y tú y yo, pobres mortales, somos meras excrecencias pequeño burguesas. Pepe Juan es, repito, un genio y los genios siempre han estado por encima de las estupideces con las que las minorías elitistas han sojuzgado a las masas.

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