miércoles, 18 de noviembre de 2009

Pesadilla de Braulio

Desde bien joven había dejado de soñar. Sus noches más o menos reparadoras eran solo agujeros negros para su conciencia. Dormir era para él algo así como echar bolsas de 25 kilógramos de cal viva en un pozo negro rebosante con los cadáveres descuartizados durante el día: un humillo purificador empezaba a rebosar por los bordes de la conciencia y su nube subsumía al personaje en una especie de borrachera reparadora. Así eran sus noches. Al día siguiente, el pozo volvía a estar de nuevo desembarazado y listo para recibir los restos de nuevas víctimas; tan desembarazado y listo como su propia conciencia.
Sin embargo, en esa vida sin sueños, un día, ya no recordaba cuando, comenzo a hacerse activa una una pesadilla que, si bien no la padecía todas las noches, se repetía idéntica, sin cambios, obsesivamente, y cada vez con mayor frecuencia: al pasar una calle, en una ciudad antigua de angostos pasajes, era atropellado por un coche de caballos conducido por una mujer vestida para el sado. Fuera de unas cuantas plañiedras vestidas de chereaders nadie derramaba una sola lágrima por su muerte. Al día siguiente se le enterraba vestido de mamarracho, acontecimiento que la ciudadanía siguió con indiferencia.

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